“Si Borges quisiera publicar hoy, tendría que hablar con un editor alemán” agosto 29, 2019 – Publicado en: Uncategorized

Por Mónica López Ocón

Cristian Aliaga es periodista y escritor o escritor y periodista porque el orden de los factores, en este caso, tampoco debería alterar el producto. Fue director del diario El Patagónico y hoy está al frente de elextremosur.com

Además, fundó una editorial, Espacio Hudson, publicó diversas antologías como Rëumn. Poesía de mujeres mapuches, selk´nam y yámanas, de 2017 y es también un autor prolífico. Su último libro es La pasión extranjera cuyo género es difícil de definir, aunque para hacerlo podría hablarse de “crónicas poéticas”. Más que un registro con pretensión de objetividad de lugares y hechos de otras latitudes, se trata más bien de un registro subjetivo al punto de que toma en cuenta aquello que no se ve si no se tiene una aguda mirada poética. Los espacios son más disparadores que materia a describir. Dice, por ejemplo, refiriéndose al Museo Británico: “Como lujo, muestra la acumulación de belleza cortada en origen, trasladada entre algodones, y pegada de nuevo por la línea de puntos como cadáver recompuesto para ser exhibido a los deudos. El afán de gloria de los autores del crimen completa el ambiente funeral. Aquí se conserva, se pule el corazón disecado de continentes y civilizaciones. Nadie llora por eso. Quienes nacieron en los confines de los que fueron arrancados estos objetos llegan aquí entre la emoción y la culpa del vencido. Mendigan una postal de su pasado, y se llevan una postal de su carencia.” Carlos Gamerro comparó La pasión extranjera con Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino. También Aliaga persigue la huella de lo invisible, de lo que se resiste a la mirada condicionada y complaciente de las guías de turismo. Sus materiales de trabajo son el silencio, lo invisible, lo oculto, todo lo que sale, en fin, del mezquino campo de lo evidente.

-Aunque los géneros están cada vez más desdibujados, ¿dentro de qué género incluirías tu libro?

-Como decís, los géneros están desdibujados. Antes de este libro escribí otro que se llama Música desconocida para viajes donde ensayé este tipo de género. Como siempre laburé de periodista y siempre tuve la sensación de que uno siempre está retratando lo efímero, lo superficial, aunque haga buenas crónicas. El intento que está en este libro quizá con más profundidad que en el anterior es ver qué queda luego de que dejás de lado las anécdotas o las historias más visibles, es decir, cuando hacés una especie de destilado. Cuando uno recorre y mira los lugares centrales, trata de resolver eso con una mirada que no sea la del lugar común. Cuando la gente viaja a Europa va a visitar lo que fuere y se lleva una postal de su pérdida como sucede con el Museo Británico.

-Tu visión es contraturística, mirás lo que otro no miraría.

-Sí y ahí surge la cuestión de cómo se redefine hoy el hecho de viajar.

-En el capítulo “Teoría del viaje”, decís que uno viaje para reconocer, para ver lo que ya sabe que existe. Tu viaje va a contrapelo de eso.

-Sí, totalmente, creo que eso define al libro o ese es mi intento. Se viaja para ver lo que ya se sabe que se va a encontrar. Pero creo que no se puede viajar con algo preestablecido. Por un lado está lo ordenado que te da el museo, la biblioteca, etc. Por otro, lo que te da el azar que tiene que ver con una búsqueda no normatizada que no es la de las guía.

-El viaje está ligado a una idea de felicidad. ¿Pero la idea de felicidad no tiene en sí misma algo de superficial? El mundo no es un lugar muy feliz.

-No, no lo es. Por eso el turista tiene que hacer un arduo trabajo de suspensión del juicio en busca de esa felicidad. En el libro yo me propuse ir a lugares de búsqueda, lugares destruidos por el thatcherismo en Inglaterra igual que se destruyeron cosas aquí. Cuando escribí el libro anterior, recorrí la Patagonia con ese plan. Como dijiste –y lo tomo como un elogio- mirando lo que otro no miraría, buscando donde aparentemente no hay nada. Hay lugares de la Patagonia que parecen abandonados por completo. Sin embargo está el resto humano de lo que fue destruido. Esto pasa también en Europa.

-Juan José Millás diferencia entre el viajero, una especie que ya no existe, y el turista. El viajero buscaba lo desconocido, mientras el turista busca lo previsible. Cuanto menos peripecias imprevistas tenga su viaje, tanto mejor. ¿Acordás con esta distinción?

-Sí. El viajero busca, al contrario del turista, la peripecia. Un matiz que le pongo a lo que dice Millás, que es un escritor que me gusta mucho, es que hay lugares que se han convertido de nuevo en posibles espacios del viajero por el abandono que sufrieron. Estos lugares han sido transitados, explotados y escupidos como el huesito de la cereza. Cuando vas a pueblos ingleses de Irlanda hay una minoría de británicos y una mayoría de inmigrantes. El capitalismo pasó y arrasó con todo. Allí aparece como trasfondo una relectura de Marx, lo ves como un telón de fondo. Cuando escribía sentía que no podía utilizar herramientas de la denuncia o de la didáctica de los textos políticos. Huía de eso.

 

-Vos hablás de la Revolución Industrial, de Manchester, del capitalismo, pero sin la retórica de los textos que introducen lo social. Hablás desde la poesía.

-Sí, eso lo busqué. Me tuve que sujetar para no tener esos deslices retóricos en el proceso de escritura. Hay un tono llano y debajo eso que puede llegar a emocionar, pero justamente no por abuso retórico. Una muy buena editora que estuvo a punto de publicar el libro me hizo, como Gamerro, una relación muy generosa no con Calvino, sino con Adorno. Lo hermético en él tiene más críticas que todo lo que tiene que ver con la retórica política. No quería el lugar común de “contestarle” a Chatwin como digo en broma en algunas charlas. Sin duda él escribía e manera brillante. Pero en el caso patagónico viene, hace un recorrido de 20 o 25 días y se lleva una biblioteca que, según cuenta él mismo, se la facilitó Osvaldo Bayer y traza una mirada sobre un territorio inmenso como es la Patagonia que tiene un gran éxito de recepción en Europa. Por eso decía en broma lo de contestarle a Chatwin. Si vas a una librería o una biblioteca de la Patagonia y pedís algún libro sobre el lugar, seguramente te den a Chatwin.  Mi lectura no tiene nada que ver con el nacionalismo ni nada por el estilo, sino con dar una vuelta irónica.

-La visión de nosotros mismos, desde los cronistas de Indias, siempre fue extranjera.

-Absolutamente y en un plano crítico le he dedicado bastante a eso. Fijate en la desproporción que hay respecto de la mirada de los pueblos originarios. Estas culturas tenían una mirada del mundo, pero fueron ingresando al escenario siempre contadas por otros, por lo que no tuvieron peso.

– ¿Cuál es tu posición respecto de lo que pasa con la poesía? Los encuentros de poesía se llenan. Se han hecho editoriales específicas para publicar poesía. Sin embargo, las grandes editoriales la ignoran como género.

-Tengo algunas teorías más que explicaciones. Siento que la poesía se convierte en una especie de gueto cuando se reúnen los poetas, cosa que no es algo agradable. Otra cosa es la poesía en sí que, sin criterios voluntaristas, se abre paso a pesar de que las grandes editoriales no le den un espacio consagrado o un espacio que de algún modo signifique una apuesta. No se atreven a decir que hay buena poesía circulando. Cuando vas a movidas de gente muy joven, ves que la poesía está ahí. Creo que hay una involución y una involución. Hay una poesía del tipo “fui a la esquina, vi cosas y las cuento y las corto en versos”. Esa poesía va más bien a eso de la anécdota intimista, pequeña, que probablemente es lo que lee en el contexto. Por otra parte, creo que hay obra muy buena en la Argentina, de mucha gente y uno se pregunta por qué no pueden dar ese paso de mayor difusión. Creo que la extranjerización de las editoriales, provocó que, -y esto lo digo con ironía y exageración- si hoy Borges tuviera que publicar un libro tal vez tendría que hablar con un editor alemán, no es que le va a mandar con un cadente el libro nuevo al gallego de Emecé. Mi libro anterior, que lo sacó un sello mediano y que le puso muy buena onda, decidieron ponerlo en la colección de viajes y eso ayudó a que ciertos lectores lo llevaran como un libro de una categoría en la que entra todo.

-¿Cómo construiste el libro? Calvino contó que escribió Las ciudades invisibles casi sin darse cuenta, las fue escribiendo mientras tenía otro proyecto, las guardó en una carpeta y un día se dio cuenta de que tenía un libro.

-La pasión extranjera tuvo dos fases. Surgió un poco del hastío de la autorreferencia, de escribir sobre cosas personales, no de lo que viene de afuera. Por un lado, tiene una etapa Calvino y una etapa programada. Al igual que hice con mi libro anterior, yo venía escribiendo textos que buscaba fechar y ubicar geográficamente, aunque muchas veces no tuviera un reflejo descriptivo de un determinado pueblo. Por eso algunos textos tienen su versión en poemas, porque disparan desde un mismo lugar. Todos esos textos fueron escritos en libretas y con lapicera, algo que para mí es importante por la morosidad y la relación con el lugar en el que estás. Casi todos los textos que no son británicos ya los tenía escritos. Ahí le surgió la idea a un amigo mío que es traductor y luego tradujo este libro, de que compilara lo que tenía y escribiera más con el objetivo de hacer un libro. Ahí viene la segunda etapa que fue más programada.

-¿Escribiste a medida que viajabas?

-Algunos textos los escribí in situ y otros no por la idea del destilado que ya te mencioné y por la necesidad de tomar distancia respecto de lo que uno escribe. No quería caer en lo periodístico de hacer anotaciones porque eso no es lo que busco cuando escribo.

– El periodismo y la poesía no deberían ser distintos, pero a veces lo son. ¿Cómo es en tu caso?

-Adhiero a la idea de que no deberían ser distintos. Hay gente que trabaja con el mismo rigor en periodismo que en una novela u otro tipo de escritura, sin entrar en eso de la novela de no ficción como Walsh o Capote. Yo escribo todos los días artículos periodísticos o los edito. Creo que de ahí tomé la idea del rigor, no en el sentido que tal o cual dato esté verificado, sino desde la lógica de que lo que digo tenga sustento más allá de la anécdota.

-Cómo es escribir desde la Patagonia, ser un excéntrico respecto del centro que es Buenos Aires?

-Yo no nací en el sur, sino en la provincia de Buenos Aires en un lugar que se llama Tres cuervos, un nombre muy atractivo. Es una estación de ferrocarril cercana a Puán. Creo que la distancia te va depurando. En Buenos Aires tengo amigos que son de diferentes palos, de diferentes “capillas ardientes” para decirlo con humor. La posibilidad de interactuar con distintos grupos viene de que si sos un periférico, tenés que comulgar en la iglesia que te corresponde. Creo que todo eso incide sobre la mirada.

 

Fuente: Tiempo Argentino

« «La pasión extranjera», o de cómo poner de cabeza al libro de viaje
«La hipercentralización de la oferta esteriliza contenidos» »